Rafael Uzcátegui
A pocos días de iniciar los eventos en conmemoración de su quinto aniversario, el Comité de Víctimas Contra la Impunidad del estado Lara recibió un derechazo en el alma: el asesinato de uno de sus integrantes. El 26 de noviembre pasado, dos personas desconocidas abordaron, en horas de la mañana, a Mijail Martínez en las puertas de su domicilio, y tras llamarlo por su nombre le realizaron varios disparos mortales en el pecho. Este joven de 24 años se había relacionado con el Comité de Víctimas casi desde su fundación, registrando en video muchas de sus actuaciones para un documental sobre la respuesta popular a la impunidad que, desde hace cinco años, se despliega en la región larense.
A pocos días de iniciar los eventos en conmemoración de su quinto aniversario, el Comité de Víctimas Contra la Impunidad del estado Lara recibió un derechazo en el alma: el asesinato de uno de sus integrantes. El 26 de noviembre pasado, dos personas desconocidas abordaron, en horas de la mañana, a Mijail Martínez en las puertas de su domicilio, y tras llamarlo por su nombre le realizaron varios disparos mortales en el pecho. Este joven de 24 años se había relacionado con el Comité de Víctimas casi desde su fundación, registrando en video muchas de sus actuaciones para un documental sobre la respuesta popular a la impunidad que, desde hace cinco años, se despliega en la región larense.
Mijail es hijo de Víctor Martínez, un luchador social que
acompañó al futuro presidente venezolano desde su encierro en la Cárcel de Yare
hasta la formación del Movimiento V República, por el cual salió electo como
concejal, y posteriormente diputado, a la Asamblea Legislativa del estado Lara.
Sin embargo, la degradación de los cuerpos policiales, y la implicación de
altos funcionarios gubernamentales en hechos irregulares, fueron progresivamente
alejándolo del proyecto bolivariano. A través de los micrófonos de la radio y
la televisión regional, sin embargo, y con el apodo mediante el cual era
conocido popularmente, “guaro pelao”, denunciaba con nombres y apellidos los
nombres de los incursos en hechos de corrupción, la mayoría antiguos compañeros
de tolda. Y en esta labor de acompañamiento de las comunidades, Mijail era su
compañero, asistente y camarógrafo. Con lágrimas en los ojos y los puños
crispados, Víctor no dudó en denunciar el hecho como un sicariato que pretendía
callar sus señalamientos a, quienes como alguna vez dijo el Ché, llevaban la
revolución en la boca para vivir de ella. Esta afirmación reviste de una
particular gravedad, pues estaríamos ante un crimen de naturaleza política contra
la disidencia, el cual recuerda muchas situaciones que creíamos superadas en el
continente.